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martes, 11 de agosto de 2009

¡AL FIN!

Por fin he acabado el último trabajo. La semana en la biblioteca y los tres días en casa sin salir han tenido por fin una recompensa: la libertad. Y de momento que se contenten con eso porque no tengo claro que la nota vaya a compensar mucho. Lo bueno es que el curso ha acabado.

Y para celebrarlo, qué mejor que ir al Ayuntamiento a desapuntarse como ciudadana de Mainz, a la biblioteca a devolver tu carnet de socia y a la oficina de relaciones internacionales para exmatricularte de la universidad. Pues hay algo mejor: el deshacer (literalmente) tu casa. Las paredes, que últimamente habían estado cubiertas por fotos, florecillas, hojas, calendarios de viaje y demás han vuelto al blanco original. Hasta los estantes se han quedado vacíos. Y todo un año se reduce a tres maletas (dos de ellas pequeñas). Bueno, y alguna caja pequeña más que caerá seguro. Pero poco más.

Aquí en Wallstrasse ya solo quedamos Viktoria, mi fiel amiga y últimamente-debido-a-los-odiosos-trabajos ya no compañera de viajes en bici. Pero, en momentos de escasez, las dos nos bastamos. Enlazamos un tema con otro y nunca llegamos al final de las historias: eso es amistad. Y cuando nos damos cuenta, pues nos reímos y a hacer memoria de por dónde íbamos :).

jueves, 6 de agosto de 2009

EL TIEMPO por Manuel Vicent

El tiempo no existe. El tiempo sólo son las cosas que te pasan, por eso pasa tan deprisa cuando a uno ya no le pasa nada. Después de Reyes, un día notarás que la luz dorada de la tarde se demora en la pared de enfrente y apenas te des cuenta será primavera. Ajenos a ti en algunos valles florecerán los cerezos y en la ciudad habrá otros maniquíes en los escaparates. Una mañana radiante, camino del trabajo, puede que sientas una pulsión en la sangre cuando te cruces en la acera con un cuerpo juvenil que estalla por las costuras, y un atardecer con olor a paja quemada oirás que canta el cuclillo y a las fruterías habrán llegado las cerezas, las fresas y los melocotones y sin saber por qué ya será verano. De pronto te sorprenderás a ti mismo rodeado de niños cargando la sombrilla, el flotador y las sillas plegables en el coche para cumplir con el rito de olvidarte del jefe y de los compañeros de la oficina, pero el gran atasco de regreso a la ciudad será la señal de que las vacaciones han terminado y de la playa te llevarás el recuerdo de un sol que no podrás distinguir del sol del año pasado. El bronceado permanecerá un mes en tu piel y una tarde descubrirás que la pared de enfrente oscurece antes de hora. Enseguida volverán los anuncios de turrones, sonará el primer villancico y será otra vez Navidad. La monotonía hace que los días resbalen sobre la vida a una velocidad increíble sin dejar una huella. Los inviernos de la niñez, los veranos de la adolescencia eran largos e intensos porque cada día había sensaciones nuevas y con ellas te abrías camino en la vida cuesta arriba contra el tiempo. En forma de miedo o de aventura estrenabas el mundo cada mañana al levantarte de la cama. No existe otro remedio conocido para que el tiempo discurra muy despacio sin resbalar sobre la memoria que vivir a cualquier edad pasiones nuevas, experiencias excitantes, cambios imprevistos en la rutina diaria. Lo mejor que uno puede desear para el año nuevo son felices sobresaltos, maravillosas alarmas, sueños imposibles, deseos inconfesables, venenos no del todo mortales y cualquier embrollo imaginario en noches suaves, de forma que la costumbre no te someta a una vida anodina. Que te pasen cosas distintas, como cuando uno era niño.

Fuente: El País. Revista de verano.

domingo, 2 de agosto de 2009

ETERNO "VERANO" ALEMÁN

Ya acabé las clases hace algo más de una semana. No fue triste, ni siquiera alegre porque me esperaban largas horas de biblioteca. Simplemente, acabaron. Y para recordarnos que la llegada del verano universitario es todo un acontecimiento que hay que celebrar, el profe de mi última clase, un calvo regordete muy majo que siempre nos lanza sonrisitas a Carolina y a mí trajo una coca hecha a mano. Con palitos de colores por encima.

Desde ese día, he tenido que aprender a compaginar las fiestas de despedida (a veces varias de una misma persona) diarias con las largas mañanas y tardes bibliotequeantes. Aunque todo tiene su parte buena, y la de la biblioteca es que me he hecho un amigo. Las fiestas, lo dicho, se sucedían e incluso se solapaban. Los adioses se confundían con el olor a salchicha socarrada de las barbacoas, las propuestas sobre qué hacer al día siguiente de Sophie y las conversaciones en idiomas incomprensibles…







Acabé los exámenes, me dieron un tema para el último trabajo y llegó Vicente. Y con él las despedidas difíciles. Sophie, las polacas, Sebas y Mauro ya nos dejaron. El número de Erasmus se reduce día a día, y al final-final solo quedaremos Viktoria y yo. Y luego, ella. Menos mal que nosotras nos sacamos mutuamente de paseo en bici. De hecho, si no no hubiera descubierto los campos de trigo, de fresas y de espárragos que hay detrás de la universidad. Ni me hubiera pasado una hora recogiendo cerezas, ciruelas y zarzamoras. Qué suerte tienen esos arbolitos de que no me gusten sus frutos… porque entre las dos les quitamos un gran peso de encima.




Ayer hice una excursión a Oppenheim con Vicente. Se nos pasó por la cabeza irnos en bici, pero no podíamos alquilarlas solo un día, así que de casualidad nos salvamos de morir deshidratados y de una insolación. Hacía tanto calor, que tuvimos que esperar en la sombra un buen rato antes de empezar a explorar el pueblecito. La Catedral, un parking, una terraza con helado (el peor que he tomado hasta ahora en Alemania), un pozo y unas ruinas. Y luego, un paseíto por los viñedos que se nos hizo interminable por la solana que caía, así que acabamos campo a través.





Y de postre de esta entrada, dejo la panorámica de Mainz desde el barco-restaurante de Mainz-Kastel.